Cuando era pequeño, tenía un perro. Era de color marrón. Arriba, en la cabeza, tenía las orejas más grandes y pelirrojas que he visto nunca en un perro. Llevaba una correa con su nombre: Romeo. Le pusimos ese nombre en honor a la ciudad donde lo encontramos: Roma. A veces le dábamos ramen para comer porque le encantaba. También le encantaban las roscas, pero le dábamos muy pocas. Le encantaban esos juguetes baratos que venden para perros. Pero aun así vivía como unperro rico.
Un día, cuando yo estaba en la habitación escuchando reguetón, entró y empezó a ladrar. ¡No le gustó! Era muy rápido, y cuando se enfadaba mucho, se le apoderaba la rabia y ladraba mucho. ¡Una vez se cayó en un río de lo enfadado que estaba y todos nos reímos mucho! También un día se enredó con una red. Le ponía muy nervioso el “ring” (el ruido que hacía el timbre de nuestra casa). Un día le hice un reto: toqué el timbre todo el rato para ver cómo reaccionaba. No tardó ni 5 segundos en empezar a bordar con el morro en alto moviéndose por todos los lados. Como he dicho antes, le encantaban los juguetes baratos y un día le compré uno de una rana y empezó a jugar con ella. Luego la sacamos a pasear y encontramos en un pequeño río unos renacuajos. No tardó mucho en saltar al agua. Pero erró en todos los intentos de atraparlos. Parecía que eran irreales esos renacuajos. Tenía un lugar para dormir en forma de rombo, donde estaba muy cómodo. Su pasatiempo preferido era “corregir” los rompecabezas que hacía yo, a su manera, destrozándolo todo. Era el mejor perro y el mejor amigo.